martes, 1 de septiembre de 2015

¡Ganadores del concurso de "El tránsito"!

¡Llegó el momento! Dos personas -muy queridas- que yo me sé van a encarar la temida "vuelta al cole" con una pequeña alegría. Una de ellas, además, fue de las primeras -ups, una pista- en leer la novela, cuando ésta era todavía un pdf bastante incomodo de leer. Se alegraron como las que más de la publicación de "El tránsito" y me hace especial ilusión que el regalo de las camisetas sea para ellas.

Brighton, Jerusalén... Hasta sitios tan exóticos y diferentes viajó el libro logrando que el entorno lo enriqueciera y completara.

No me enrollo más. Las ganadoras de las camisetas edición especial de "El tránsito" son: 

-Maria Luisa Romero Romero (mi prima, que incluso hace un cameo en la novela como la gran científica que es)  

Mi prima Sisi leyendo... En el andén se observa un soldado israelí... ¿Escobar?, ¿Larrea?
-Marilola Fregenal Lozano (cuyo entusiasmo por todo el proceso de publicación de la novela me emocionó de verdad)
 
Marilola y Magdalena leen "El tránsito" al borde de los acantilados de Brighton.
¡Olé por ellas y por todos los que me enviásteis vuestras fotos con el libro! Os estoy enormemente agradecido.
¡Larga vida a "El tránsito"!

domingo, 23 de agosto de 2015

Pizza fría para desayunar (Tribuna Andaluza)

El calor me expulsa de la cama; al mismo tiempo las sábanas intentan secuestrarme con mi propio sudor, destilado gota a gota durante otra noche pegajosa. Descalzo, avanzo dando tumbos por el pasillo hasta llegar a la cocina. Abro el frigorífico con los ojos todavía entrecerrados y me amorro a la botella de agua helada hasta que me duele la garganta. A continuación, rescato la porción de pizza que reservé ayer y me preparo un café. Salgo a la terraza, las vistas no están nada mal, y observo el bodegón pop art que acabo de marcarme: la caja de cartón roja, la taza amarilla, el verde de una planta, el cielo azul…  Colores crudos y bien saturados. La situación exige ciertos esfuerzos para evitar la tentación de publicar aquella mamarrachada en una red social. No obstante, sí hago una foto inmortalizando el momento, que suelo revivir al menos una vez cada verano. 

«Y a mí qué me importa esta escena como sacada de Historias del Kronen», pensaréis. Sin embargo, el párrafo anterior se encuentra preñado de pistas que hacen referencia a una realidad bastante más profunda. Tengo casi treinta años. Evidentemente, el dúplex con terraza y vistas panorámicas es de mis padres. Ni siquiera pago de mi bolsillo el café que me estoy bebiendo. La ociosidad se debe a que estoy en el paro, si bien en septiembre seré reducido a una cifra y utilizado por algún político que sacará pecho. No vengo a quejarme. Al menos no demasiado. En lo laboral he ido saltando de un lado a otro. Sueldos aceptables, sueldos insultantes, cotizaciones, cobros en negro… Nada que no se sepa. Pero no he venido a diseccionar el mercado laboral en mi franja de edad. 

De lo que quiero hablar es de la pizza del día anterior servida en el desayuno… De un símbolo que me saco de la chistera para representar la precariedad que asfixia a una generación y que bien podría continuar como una efeméride testaruda mientras la juventud se estira como un chicle para tratar de justificar un cataclismo sociológico. Porque no cabría calificar de otro modo el hecho de que con treinta y bastantes sigamos con el currículum permanentemente en la mano y viviendo en casa de los padres. Algunos se engañan autoconvenciéndose de que ese fenómeno se debe a que la juventud se alarga en nuestra sociedad actual… O será más honesto decir que nos abocan al fracaso — odio esta palabra, una americanada, pura jerga empresarial abominable—. 

En los últimos años, pocas declaraciones me han aterrado tanto como la que escuché una vez en la radio: «No vamos a vivir tan bien como nuestros padres». Pido a los políticos que cuando hablen de recuperación económica, de crecimiento en el empleo, tengan la decencia de explicar si sus votantes van a vivir mejor o sólo van a maquillar unas estadísticas que les permitan conservar sus mullidas poltronas. No acepto el argumento de «algo es algo», «mejor eso que nada». Así nos va con la filosofía del ir tirando y de la improvisación constante. Reformas, por favor… Pero de las de verdad, no a las que nos tienen acostumbrados. Hagan algo de una vez. Algunos tenemos más aspiraciones que salir al balcón a desayunar pizza fría hasta el final de los tiempos.

sábado, 8 de agosto de 2015

El monstruo de hormigón (Tribuna Andaluza)

Cada vez que viajo, inclino la cabeza para observar un personaje indispensable que languidece en la orilla de nuestras carreteras. Les hablo de esas casas derruidas y deshabitadas que jalonan nuestras ilusiones o melancolías según emprendamos el camino de ida o de vuelta. Podrían considerarse desechos arquitectónicos bajo una lupa demasiado severa, pero no son más que unas ruinas inofensivas y evocadoras. Libran una lucha perdida de antemano por mantenerse erguidas y recogen nuestras miradas extraviadas cuando los ojos se pierden en la monotonía del paisaje. Cuando pasemos de nuevo por el mismo punto kilométrico, la vida habrá pegado otro mordisco a sus fachadas raquíticas, pero seguirán allí, acaso para ayudar a orientarnos, quizás para pedir un poco de compasión. Desde un punto de vista urbanístico, esas construcciones nos recuerdan que el ser humano deja una huella en la tierra que cuesta siglos borrar.

Cuando dejamos atrás el polvo del desierto de Tabernas y ya intuíamos el mar, indulté por supuesto a mis queridas casas abandonadas y me centré en los verdaderos monstruos de cemento que destruyen nuestro patrimonio natural para saciar los delirios de la corrupción y del ocio irresponsable. Dada la zona que transitábamos, tenía un leviatán muy concreto en la cabeza; una bestia encalada de terrazas escalonadas desafiando la belleza árida de una costa volcánica. La solución de la adivinanza es, en efecto, el hotel de la playa de El Algarrobico, situado junto a Carboneras, en pleno Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar. 

El hotel, con 411 habitaciones repartidas en 21 —¡veintiuna!— plantas, queda distanciado del agua por apenas 14 —¡catorce!— metros. Las cifras de este despropósito que nunca llegó a albergar turistas deberían sonrojarnos como arrendatarios que somos del planeta en el que vivimos. Pero claro, los principales actores de este crimen prostituyeron el litoral a cambio de permisos, concesiones y recalificaciones y tantos otros términos legales que coinciden en su naturaleza con lo enredado del caso a día de hoy. 

Lo penúltimo que sabemos de este hotel es que la Junta de Andalucía pidió al alto tribunal andaluz autorización para acceder a los terrenos como paso previo a la demolición del complejo. Lo último, que la licencia de obras de El Algarrobico fue declarada legal por el Tribunal Supremo de Justicia de Andalucía en sentencia firme el pasado mes de mayo. Ni la Abogacía del Estado ni la Junta recurrieron ante el Tribunal Supremo. 

A buen seguro, los recursos continuarán enfrentando a ecologistas, asociaciones, promotores e instituciones a la salud de otro gran ogro levantado por el hombre: la burocracia. Para intentar poner un poco de orden en este enmarañado caso, me puse en contacto con un buen amigo almeriense que se implicó directamente en la causa contra El Algarrobico hace más de una década. Me contaba Eduardo que en 2006 se vivió un momento culminante en su lucha, llegando a encerrarse junto a otros en la catedral de Almería como protesta contra el desmán urbanístico. Los medios repararon en aquel hotel erigido en terreno protegido y El Algarrobico se convirtió en un símbolo de la destrucción de nuestras costas. Después llegaron los varapalos que en el fondo todos ellos esperaban: «Se recurre y se recurre, salen sentencias, se recurren. Ya no sabemos ni cuál es la válida ni cuál la recurrida. Lo único que es real es la mole.» 

El domingo pasado, unas horas antes de volver a saludar a mis solitarias compañeras de viaje de vuelta a casa, unos amigos y yo salimos temprano para bucear en unas calas próximas a Mojácar. Era consciente de la cercanía con mi objeto de estudio, pero sólo cuando el monitor lo señaló, supe que a unos pocas lenguas de tierra de distancia reposaba el hotel de la playa de El Algarrobico, ajeno a toda polémica. Nadando, pensé en lo horrible que sería perder la espectacular riqueza de un ecosistema que estaba gozando de primera mano. Me sumergí con mi tubo y mis aletas deseando que el hotel se demoliera y el recuerdo de todo lo que representa quedara olvidado en el fondo del mar.

lunes, 27 de julio de 2015

Las bicicletas son para el verano (Tribuna Andaluza)

El verano ya está aquí. Y por supuesto, lo ha hecho de manera flamante, pues especialmente en nuestra tierra, donde se sabe amo y señor de los horizontes achicharrados, arroja llamas que nos envuelven y abrasan. No menos rutilantes son los primeros pasos de esta Tribuna Andaluza, que refrescará a base de ideas plurales y libres las dilatadas tardes de la canícula.

Cuando pienso en esta época del año, me vienen siempre a la mente imágenes de niños corriendo atropelladamente a la salida del colegio el último día del curso. No miran atrás, apenas se despiden de sus esforzados maestros, sólo aciertan a aturdirse intentando abarcaR el océano de tiempo que se les viene encima, esos dos meses largos de chapuzones, bicicletas y rutinas desarboladas. Levantarse tarde, maravillarse por acostarse más allá de la medianoche… Y hacerlo rendido y feliz, pues las normas se derriten como el helado y septiembre parece un mes inalcanzable.

Como el niño que aún me siento y como el profesor que soy, esta clase de  asociaciones entre las vacaciones y el estío eran inevitables. Cómo cuesta poner sobre el tapete recuerdos que siquiera igualen la plenitud de aquellos que se grabaron a fuego durante la infancia.

Verano tras verano, yo pasaba los meses de verano en familia en la casa  de mi abuela, en Valdepeñas de Jaén, un pueblo encaramado en la Sierra  Sur jiennense. Allí aprendí que a las tres de la tarde, cuando el  asfalto de la calle amagaba con proponer espejismos y la coronilla ardía, el zaguán de aquella vieja casa de gruesos muros encalados era el  paraíso y la salvación. Durante aquellas felices semanas, los pedales  de la bicicleta te permitían doblar las esquinas como una centella,  repasar los contornos de cada plazoleta, saludar a tus padres triunfalmente con la mano que no sujetaba el manillar… Y todo ello sin  necesidad de que los pies tocasen el suelo, despreocupados de entrar en  contacto con la realidad.

Por desgracia, es preciso acercarse al presente de Andalucía y de sus  niños y niñas aun a riesgo de acabar quemándonos. Este artículo sería de  una paupérrima utilidad social si me limitara a encerrarme a cal y  canto en estas ensoñaciones del pasado más dulce.

En Andalucía, como en tantas otras partes, existe la lacra  imperdonable  de la pobreza infantil. La ONG Save the children,  preocupada por los  asuntos que conciernen a los más pequeños, estima que  más de 740.000  niños se encuentran en riesgo de exclusión social en nuestra comunidad  autónoma. Yo mismo me escandalizo de que este tipo de  datos ni siquiera se hagan hueco en los noticiarios, abandonados a la  política de los  que nos embaucan y a la desinformación más abyecta.

Todas las referencias que he podido recabar sobre el Plan Integral de Atención a la Infancia en Andalucía están plasmadas en futuro. Ojalá  la   conjugación cambie pronto a la del ahora, pues la infancia, como la  que yo disfruté sin trabas, pasa rápido, muy rápido. Y como sociedad, no deberíamos permitir que ningún adulto quede privado de esos  cimientos sentimentales que sustentan el alma. Hagamos algo ya, porque  como diría  el colosal Agustín González en aquella película basada en la obra  homónima de Fernando Fernán Gómez: «Sabe Dios cuándo habrá otro verano».
Cuando pienso en esta época del año, me vienen siempre a la mente imágenes de niños corriendo atropelladamente a la salida del colegio el último día del curso. No miran atrás, apenas se despiden de sus esforzados maestros, sólo aciertan a aturdirse intentando abarcar  el océano de tiempo que se les viene encima, esos dos meses largos de chapuzones, bicicletas y rutinas desarboladas. Levantarse tarde, maravillarse por acostarse más allá de la medianoche… Y hacerlo rendido y feliz, pues las normas se derriten como el helado y septiembre parece un mes inalcanzable.

Como el niño que aún me siento y como el profesor que soy, esta clase de asociaciones entre las vacaciones y el estío eran inevitables. Cómo cuesta poner sobre el tapete recuerdos que siquiera igualen la plenitud de aquellos que se grabaron a fuego durante la infancia.

Verano tras verano, yo pasaba los meses de verano en familia en la casa de mi abuela, en Valdepeñas de Jaén, un pueblo encaramado en la Sierra Sur jiennense. Allí aprendí que a las tres de la tarde, cuando el asfalto de la calle amagaba con proponer espejismos y la coronilla ardía, el zaguán de aquella vieja casa de gruesos muros encalados era el paraíso y la salvación. Durante aquellas felices semanas, los pedales de la bicicleta te permitían doblar las esquinas como una centella, repasar los contornos de cada plazoleta, saludar a tus padres triunfalmente con la mano que no sujetaba el manillar… Y todo ello sin necesidad de que los pies tocasen el suelo, despreocupados de entrar en contacto con la realidad.

Por desgracia, es preciso acercarse al presente de Andalucía y de sus niños y niñas aun a riesgo de acabar quemándonos. Este artículo sería de una paupérrima utilidad social si me limitara a encerrarme a cal y canto en estas ensoñaciones del pasado más dulce.

En Andalucía, como en tantas otras partes, existe la lacra imperdonable de la pobreza infantil. La ONG Save the children, preocupada por los asuntos que conciernen a los más pequeños, estima que más de 740.000 niños se encuentran en riesgo de exclusión social en nuestra comunidad autónoma. Yo mismo me escandalizo de que este tipo de datos ni siquiera se hagan hueco en los noticiarios, abandonados a la política de los que nos embaucan y a la desinformación más abyecta.

Todas las referencias que he podido recabar sobre el Plan Integral de Atención a la Infancia en Andalucía están plasmadas en futuro. Ojalá la conjugación cambie pronto a la del ahora, pues la infancia, como la que yo disfruté sin trabas, pasa rápido, muy rápido. Y como sociedad, no deberíamos permitir que ningún adulto quede privado de esos cimientos sentimentales que sustentan el alma. Hagamos algo ya, porque como diría el colosal Agustín González en aquella película basada en la obra homónima de Fernando Fernán Gómez: «Sabe Dios cuándo habrá otro verano».
- See more at: http://www.opinion.tribunandaluza.es/juan-antonio-galaacuten.html#sthash.ygc4n9IC.dpuf
El verano ya está aquí. Y por supuesto, lo ha hecho de manera flamante, pues especialmente en nuestra tierra, donde se sabe amo y señor de los horizontes achicharrados, arroja llamas que nos envuelven y abrasan. No menos rutilantes son los primeros pasos de esta Tribuna Andaluza, que refrescará a base de ideas plurales y libres las dilatadas tardes de la canícula. - See more at: http://www.opinion.tribunandaluza.es/juan-antonio-galaacuten.html#sthash.ygc4n9IC.dpuf

miércoles, 22 de julio de 2015

No sólo de "El tránsito" vive el hombre

Llega el verano y a estas alturas El tránsito prosigue con su camino sin que yo, como orgulloso padre, pueda hacer mucho más por controlar su destino. Es más, lo acompaño un tanto a ciegas más allá de los amigos que felices me comentan que lo han comprado o que ya lo han leído. Siempre me acuerdo de los posibles lectores anónimos, pero mejor no pensar en ventas para no ver las costuras del ego de un escritor novel.

Por supuesto, lejos de abandonarlo a su suerte, hacemos todo lo posible para que el libro llegue a todo el mundo. En las últimas semanas, de hecho, la novela ha llegado a dos lugares nuevos: la biblioteca municipal de Valdepeñas de Jaén y la librería Zorba de El Puerto de Santa María. Respectivamente, el pueblo de mis padres, donde pasé los mejores veranos de mi infancia y la localidad costera donde viven algunos de mis familiares más queridos. El tránsito tenía que llegar tanto a la sierra como al mar -el último mar-. Y yo orgullosísimo de ello.

Mientras El tránsito crece y se pone fortachón, la idea era no dejar de escribir de forma abrupta. Además de algún relato con el que intento matar el gusanillo, me surgió la ocasión perfecta para seguir al pie del cañón. El enérgico editor de Ediciones Rubeo, mi buen amigo José Antonio Quesada, emprendió un ambicioso proyecto: crear un semanario digital independiente y fresco apegado a la realidad de nuestra región. Y así nació Tribuna Andaluza, donde tengo la oportunidad de proyectar mi voz a quien quiera escucharla.

De esta manera, a la espera de nuevas novedades y sorpresas relacionadas con la novela -que las habrá y más de una-, iré alimentando este blog con mis colaboraciones para Tribuna Andaluza. Que no me entere yo de que ningún lector mío pase hambre :-).
 

lunes, 22 de junio de 2015

Puntos de venta de "El tránsito" en Andalucía

Éstas son las librerías andaluzas en las que podéis encontrar El tránsito. ¡Difundid la palabra! ¡Que el virus RM-02 se propague de mala manera!
La Casa del Libro de Málaga.
JAÉN
·      Librería Metrópolis

·      Librería Don Libro


MÁLAGA

·      Librería Rayuela

·      Librería Prometeo y Proteo

·      Librería Luces

·      Librería Cinco Anillos

·      Librería Teseo (Fuengirola)

·      Librería Agapea Factory

·      Almacenes la Lonja (Vélez-Málaga)


GRANADA

·      Librería Urbana Vergeles

·      Librería Picasso

·      Librería Alsur

·      Librería Babel


ALMERÍA

·      Librería Lual Picasso

·      Librería Estación 13

·      Librería Metáfora (Roquetas de Mar)

·      Librería Nobel


SEVILLA

·      Librería Panella

·      Librería Gusanito Lector

viernes, 19 de junio de 2015

"El tránsito" se da el primer baño (de masas) del verano

De forma irreversible, el pasado miércoles 17 de junio se convirtió en un hito personal. Todo sucedió en el Salón Mudéjar de Jaén, un espectacular recinto que descansa oculto tras una humilde fachada situada en una calleja atestada de tascas de la capital. Casi igual de inesperado fue el recibimiento que El tránsito y servidor encontramos allí por vuestra parte. Ni un alma más cabía reunida debajo del multicolor e imponente artesonado de la sala.
Vista general del Salón Mudéjar durante la presentación.
Los que estuvísteis presentes me asegurásteis que la charla fue amena, que mis explicaciones sonaron meridianas y firmes, lejos de los nervios y el conato de zozobra que me asaltaron en esos minutos de cortesía que se conceden a los más invitados más tardones. En ese lapso tan breve, mientras el público esperaba dentro llenando la sala, mi querido editor, José Antonio Quesada y yo, nos retorcíamos en el patio para templar nuestros demonios. Algún día enseñaré una foto que captó a la perfección ese momento de vértigo.
José Antonio Quesada y Juan Antonio Galán Romero.
Una vez tomé la palabra sólo quedaba la huída hacia adelante. Hablar, improvisar, mirar a algún rostro que me transmitiese calma. Así hasta el final. Tantas ganas tenía de descansar una voz que empezaba a quebrarse, que me tuvieron que recordar que había preparado un extracto del libro para una lectura en voz alta.

Por último llegó el momento ególatra, la firma de ejemplares, la cola de personas esperando la dedicatoria. Me propuse no repetir ni una dedicatoria... Y fueron más de cincuenta. Si no cumplí, me faltaría poco. Quería que todos tuviérais un pedazo original e intransferible de mi agradecimiento. Amigos y familiares a los que tanto quiero, personas que volcaron en mí la admiración y el cariño hacia mis padres, todos empeñados en catapultarme hacia las nubes...
El autor durante la firma de ejemplares.
Muchas fotos y parabienes después, las piernas flojas, la garganta asediada, salí de nuevo al callejón estrecho y al bullicio. Respiré hondó. Lo había hecho: había presentado mi primera novela en público y había sobrevivido para contarlo hoy aquí.

Mil millones de gracias a todos.